Carlos Decker-Molina
El embajador de Bolivia, Milton Soto, acudió al Palacio Real para despedirse de Carlos XVI Gustavo, rey de Suecia.
Según la información disponible, aún no se ha designado a su sucesor. Existe, por tanto, el riesgo de que el gobierno de La Paz no lo haga en el corto plazo, especialmente considerando que la embajada de Suecia en Bolivia cerrará a fines de año. Esto, sin embargo, no excluye la posibilidad de una representación concurrente desde otra capital, probablemente Lima. Las relaciones entre Suecia y Bolivia son de vieja data. Se remontan a 1939, en un mundo que se deshacía entre guerras y alianzas efímeras. Pero ese vínculo, que en el papel parecía una formalidad más del ajedrez internacional, tardó décadas en adquirir contenido real. Durante años fue una relación distante, casi simbólica, sin embajadas activas ni proyectos visibles.
La historia verdadera comenzó más tarde, lejos de los salones diplomáticos.
En los años sesenta, cuando América Latina se debatía entre reformas y dictaduras, Suecia empezó a mirar hacia el sur con una lógica distinta a la de las grandes potencias. No buscaba materias primas ni influencia militar. Llegó con otra herramienta: la cooperación. A través de la Agencia Sueca de Cooperación Internacional para el Desarrollo (SIDA), Bolivia se convirtió en uno de los destinos prioritarios de la ayuda sueca.
No fue un desembarco espectacular, sino silencioso: programas de salud en zonas rurales, proyectos educativos, asistencia técnica. Una presencia discreta que no ocupaba titulares, pero que comenzaba a tejer una relación concreta.
El vínculo se profundizó en los años ochenta. Es entonces cuando aparece también una dimensión personal: la relación entre Olof Palme y Jaime Paz Zamora. El primero, líder de la socialdemocracia sueca; el segundo, dirigente del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR), partido que se integró a la familia de la Internacional Socialista, fundada en Fráncfort en 1951 y presidida durante años por Willy Brandt.
En 1980 me tocó ser un improvisado traductor de Paz Zamora, quien llegó desde Estados Unidos a Estocolmo aún afectado por el accidente aéreo del que fue sobreviviente, para agradecer la solidaridad de la Internacional Socialista. En ese mismo viaje, el líder boliviano expresó también su reconocimiento a la Organización para la Liberación de Palestina, encabezada por Yasir Arafat, por su apoyo personal.
Años después, en 1984, Arafat visitó Bolivia, cuando Paz Zamora era vicepresidente. Su presencia formó parte de una política de acercamiento a América Latina, en el marco de la solidaridad del continente con la causa palestina, pero también reflejó una relación personal entre ambos líderes.
Bolivia salía entonces de una larga noche de dictaduras y trataba de reconstruir su democracia. En ese contexto, Suecia no solo mantuvo su cooperación, sino que la amplió: apoyó instituciones, promovió derechos humanos y acompañó procesos sociales. En paralelo, organizaciones no gubernamentales suecas establecieron vínculos con comunidades indígenas y sectores populares bolivianos.
Fue una relación marcada por la idea de solidaridad, una palabra hoy desgastada, pero entonces cargada de sentido político.
En los años noventa y principios del siglo XXI, ese vínculo alcanzó su punto más alto. Suecia se consolidó como uno de los principales donantes bilaterales en Bolivia. Los proyectos se multiplicaron: acceso al agua, fortalecimiento institucional, justicia, medio ambiente. La cooperación dejó de ser dispersa y se volvió estratégica.
Había, sin embargo, algo más que recursos o programas. Había una forma de entender la relación internacional. Mientras otras potencias medían su presencia en términos de influencia geopolítica, Suecia apostaba por lo que hoy se denomina soft power: valores, instituciones, derechos e incluso una agenda ambiental.
Pero las relaciones internacionales también cambian. A partir de 2013, Suecia comenzó a reducir su cooperación directa con Bolivia. No fue una ruptura, sino una transición. El país andino dejó de ser prioritario en la política de ayuda bilateral y la cooperación se reorientó hacia esquemas regionales y multilaterales.
La relación continuó, aunque con menor intensidad.
Hoy, vista en perspectiva, la historia entre Suecia y Bolivia no es la de grandes tratados ni proyectos espectaculares. Es la de una relación construida en voz baja, a partir de iniciativas concretas y alianzas discretas. Una relación que no buscó dominar ni competir, sino acompañar.
En ese contexto, el actual gobierno boliviano —encabezado por Rodrigo Paz Pereira— debería pensar más de una vez antes de abandonar una representación diplomática que sigue siendo útil para el país.
Además, hay miles de bolivianos que llegaron a Suecia como refugiados políticos, especialmente en 1973 y 1980. Según datos del propio embajador saliente, en toda la región nórdica y báltica residen alrededor de diez mil bolivianos, siendo Suecia el país con mayor concentración. Existe ya una segunda generación plenamente integrada y una tercera que, aunque más distante, mantiene vínculos culturales, turísticos y económicos con Bolivia.
En tiempos en que la política internacional parece regresar a la lógica de las esferas de influencia, este vínculo recuerda que también existen —o pueden existir— otras formas de relación entre los Estados.
El pragmatismo anunciado por el gobierno boliviano podría interpretarse como una salida del encierro ideológico reciente. Pero el pragmatismo no debería confundirse con alineamiento automático. Implica, más bien, una equidistancia inteligente: mantener relaciones con todos, sin convertirse en satélite de nadie.
Bolivia es un país débil en el tablero global, pero puede fortalecerse si construye una política exterior plural, coherente y basada en el respeto al derecho internacional. Porque una cosa es tener relaciones diplomáticas, otra ser socios, otra amigos, y otra muy distinta, vasallos.
Los bolivianos que vivimos en los países nórdicos y bálticos esperamos, al menos, seguir contando con un embajador y con servicios consulares que mantengan ese puente abierto.
Finalmente: Gracias Milton Soto, el embajador boliviano que más tiempo ha cumplido en Suecia.
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